"No debemos olvidar en ningún momento –cualesquiera sean las diferencias de apreciación– que las opciones que nos ofrece la vida política argentina son limitadas. No se trata de optar entre el general Perón y el arcángel San Miguel. Se trata de optar entre el general Perón y Federico Pinedo. Todo lo que socava a Perón, fortalece a Pinedo, en cuanto él simboliza un régimen político y económico de oprobio y un modo de pensar ajeno y opuesto al pensamiento del país”. Raul Scalabrini Ortiz

domingo, 11 de octubre de 2009

Tiene la palabra el señor senador Torres.

La intervención del senador misionero Eduardo Torres fue a mi juicio, por su sinceridad política y encarnadura humana, una de las más interesantes de la noche. Con la autoridad que le dá haber sido protegonista, desde el radicalismo, de algunos de las grandes esperanzas y frustraciones de la política argentina Torres hizo un llamado a la unidad en torno de los asuntos fundamentales. Habló contra una pared. Nosotros lo escuchamos y creímos importante transcribir integramente su discurso.

Sr. Torres. – Señor presidente: no voy a hablar del articulado del proyecto de ley
específicamente, dado que fue ampliamente debatido en Comisión, explicitado por lossenadores que me precedieron en el uso de la palabra y también descalificado por muchos medios de prensa y periodistas. Me parece importante discutir el entorno en el que se desarrolló este debate, porque entiendo que no existió toda la buena fe y la madurez que se necesita para una discusión de estas características.

Cuando escucho a senadores de la oposición hacer calificaciones al Poder Ejecutivo; cuando escucho las declaraciones de los senadores de la oposición de las últimas 48 horas que fueron funcionales a los intereses de los medios masivos de comunicación que tienen un poder dominante y que coinciden plenamente en descalificar a cuanta persona esté apoyando este proyecto de ley; y cuando escucho el argumento de los distintos senadores, me parece que hubiéramos estado en cámaras de Senadores diferentes tratando leyes distintas y escuchando a otras personas.

Llegamos al extremo de oír que esta norma tendría que tener más tratamiento, porque no sabemos cómo va a interpretarla o a aplicarla un gobierno futuro. ¡Esto es una barbaridad; algo primario! Es un despropósito que sancionemos leyes en función de que en el futuro un gobierno malo pueda aplicarlas. Además, ese discurso opositor se contradice con la postura de todos los otros senadores que se oponen a este proyecto, que plantean que esta iniciativa es para beneficio del actual gobierno. ¿Realmente con quién tenemos que debatir? ¿Cuáles son los argumentos que sostiene la oposición?.

Por eso no creo que haya una mínima posibilidad de que este proyecto se apruebe por consenso. Lo dije públicamente y lo repito ahora. Si el Poder Ejecutivo hubiera enviado este proyecto incluyendo todas las observaciones que hicieron los senadores de la oposición, seguramente habrían encontrado otros artículos para cuestionar, con lo cual igualmente se habrían opuesto al proyecto, porque es una constante de que estén de acuerdo en general pero terminan votando negativamente.

Es una constante en este cuerpo que todo el mundo esté de acuerdo; dice sí, pero es no. En ese sentido, me interesa mucho el comportamiento que tenemos los senadores, que creo que deja mucho que desear ante la sociedad, por las cosas que decimos, como las conferencias de prensa de ayer y de anteayer. Es gente que quiere volver al pasado, gente que descalifica porque una persona cambió de postura, como si en este Senado nunca se hubiese cambiado de postura. Nosotros mismos estamos devaluando el sistema democrático como legisladores y representantes del pueblo acusándonos de “tarjetas”, de “banelcos”, de que se compraron, de que la provincia necesita dinero y por eso se cambia el voto de los senadores. ¡Son una vergüenza las acusaciones irresponsables que hacen algunos senadores! Yo puedo entender a la gente que representa al conservadurismo en nuestro país y que defendiendo su postura política vota en contra de este proyecto, porque así defiende un modo de vida, porque así defiende algún tipo de privilegio. Pero lo plantean de frente y están defendiendo sus ideas, aunque no las comparta.

Uno puedo respetar a un adversario, por ejemplo, al típico liberal argentino, con su comportamiento tan característico, que cuando las cosas andan bien piden libertad para todo pero cuando las cosas andan mal, el gobierno tiene la culpa. Ellos defienden sus propios intereses. No estoy de acuerdo con lo que postulan pero los respeto, porque dentro de una sociedad existen distintas corrientes de pensamiento. También respeto a los propietarios de los medios de prensa oligopólicos. Ellos están defendiendo sus intereses, aunque no estoy de acuerdo con ellos.

Nunca tuve tanta tranquilidad de conciencia —recuperé parte de esta mística que se va perdiendo por distintas situaciones— como al tratar un proyecto de ley como este, que es el aporte más importante que hace la presidenta de la Nación al sistema democrático. Decía que respeto a esos propietarios de medios de prensa con actitudes dominantes, porque defienden sus intereses. Pero me cuesta muchísimo entender a aquellos militantes, dirigentes y representantes de partidos populares que votan en contra de este proyecto. No encuentro explicación alguna que por acción u omisión sean funcionales a los intereses de medios oligopólicos o monopólicos. A eso no le encuentro una explicación.
Tampoco encuentro respuesta a por qué mi ex partido, la Unión Cívica Radical, sostiene este comportamiento ante esta ley que estamos tratando. Es bueno que en algún momento yo diga que ocupé todos los cargos dentro de la
Unión Cívica Radical: fui presidente del partido, convencional, delegado en el Comité Nacional, presidente de bloque, diputado. No me fui porque me hayan tentado o comprado sino porque entendí que tenía culpas en cosas gravísimas que ocurrieron en este país.

En la crisis de 2001, mi hija, mi yerno y mi nieto de un año y medio se tuvieron que ir del país. Yo nunca vi a una persona derramar tantas lágrimas como a mi esposa ante la partida sin retorno de sus seres queridos. Yo también derramé muchísimas lágrimas, pero no sólo fueron por dolor sino también por vergüenza, cargo de conciencia y culpa, porque yo formé parte del gobierno de ese entonces. Yo fui presidente del partido que hizo el primer lanzamiento de la candidatura de Fernando de la Rúa.

Yo fui testigo de cómo arriamos las banderas y dejamos que Cavallo manejara el gobierno de la Unión Cívica Radical. Fui testigo de cómo este país casi llegó a la disolución, cómo miles de jóvenes fueron a buscar un futuro en otros países para subsistir, entre ellos mi hija y mi nieto. Nunca me voy a olvidar la vergüenza que tenía, que me llevó a escribir una carta al diario local pidiendo disculpas por el comportamiento político que había tenido.

Ahí entendí lo que es la política. Yo era un opositor durísimo. Puse en jaque al
gobierno justicialista durante muchos años. Después de esa participación mía, de esa responsabilidad mía en este hecho —creo que nos hace falta evaluar el comportamiento que tenemos los políticos en distintas etapas de nuestras vidas—, entendí que no estaba del lado de los buenos solamente y que los que estaban del otro lado no eran los buenos. Entendí que para salvar a este país no importa quién gobierne. Sí importa el proyecto político y apoyar al que está gobernando para que termine su mandato como corresponde. Y que se termine la lógica de la política argentina que dice que para llegar al gobierno hay que destruir al gobierno que está, a fin de tener mayores posibilidades.

Esto que ha sucedido, señor presidente, no es algo que se me ocurre a mí. Esto ocurrió con Raúl Alfonsín y los medios de prensa masiva. Sucedió con Carlos Menem y con muchos dirigentes políticos en las distintas provincias. Y a mí, en un programa, el presidente de la Unión Cívica Radical, cuando vi que era una ley que vetó el gobierno de de la Rúa, me dijo: “¿Y vos no eras radical?” Sí, era radical. Y me dijo, con una cara que después analicé, “Vos sos kirchnerista”, casi con una cara de repulsión, como planteando esa palabra.

Estamos hablando de un ex presidente constitucional y de la actual presidenta de los argentinos. Si criamos este tipo de sentimientos, no estamos aportando absolutamente nada. No entendemos nada. ¿Con ese tipo de actitud, creen que podemos salir adelante?
Por eso y dado que mi tiempo se acorta, quiero terminar con una carta que ya leyeron en las comisiones, dirigida al señor contador Juan Carlos Fissore, y que decía:

Estimados amigos cooperativistas —es muy cortito, señor presidente, ya termino—, esta vez les voy a fallar y no estaré presente en este acto del cooperativismo. Lo lamento mucho porque, como ustedes saben, siempre he tenido una especial preocupación por la labor que desempeñan esas instituciones. Creo, como ustedes recordarán, en los inicios de mi gestión como presidente de la Nación, en el año 1984, envié un proyecto de ley a la Cámara de Diputados de la Nación para que se modificara la Ley 22285 de 1980, que discriminaba a las cooperativas para hacer radio y televisión. Mi intención era terminar con esa injusticia nacida en los años de la dictadura militar. Si bien no logré el objetivo anhelado, estoy seguro de que en algún momento se podrá llegar a resolver favorablemente esa discriminación que castiga al movimiento cooperativo.

Y se despedía, señor presidente: En los vaivenes de la historia de nuestro país,
finalmente triunfarán las causas justas. Lamentando nuevamente no poder estar junto a mis amigos, le envío mi solidaridad y mi admiración por ese espíritu de lucha que siempre los ha animado. Firma: Raúl Alfonsín.

Hoy, yo le puedo decir a Raúl Alfonsín que esa deuda que él tenía pendiente, de 1984, con el voto de los senadores que creen que lo mejor es enemigo de lo bueno, vamos a estar saldándola. Y creo que el doctor Raúl Alfonsín puede descansar en paz.

1 se arrimaron al fogón:

MP 11 de octubre de 2009, 22:27  

Creo que, junto con el de Haydé Giri, fue el mejor discurso. Muy bueno.
Un abrazo, compañero

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