"No debemos olvidar en ningún momento –cualesquiera sean las diferencias de apreciación– que las opciones que nos ofrece la vida política argentina son limitadas. No se trata de optar entre el general Perón y el arcángel San Miguel. Se trata de optar entre el general Perón y Federico Pinedo. Todo lo que socava a Perón, fortalece a Pinedo, en cuanto él simboliza un régimen político y económico de oprobio y un modo de pensar ajeno y opuesto al pensamiento del país”. Raul Scalabrini Ortiz

sábado, 22 de agosto de 2009

Trelew: "Lo borraron y después volví a escribir de nuevo"





"A.M.C.: Después del tiro tengo la sensación de que ese tiro me mata, no sé por qué; y me pongo a esperar el remate. En esos momentos, no sé si minutos, pasan una sucesión de pensamientos. Me acordaba lógicamente de Raquel y también de los otros compañeros; me decía: “Bueno, me llegó la hora, me toca a mí ahora”. Supongo que algo de miedo tenía, pero en todo caso era un miedo con tranquilidad. Supongo que esto es consecuencia de que uno, en la militancia... porque en la militancia se vive con la posibilidad de la tortura y, por supuesto, de la muerte. Esa situación me sirvió para comprobar eso. Los pensamientos se pasan muy rápido: las cosas agradables de la vida, recuerdos.

R.R.H.: En ese orden, pero antes de que me pegaran el tiro, mi pensamiento pasaba por lo que estaba sucediendo afuera de la celda, por la situación en la que me encontraba en ese momento. En principio la disyuntiva fue un poco la desesperación como alternativa, actuar desesperadamente, salir corriendo o cosas por el estilo; o quedarte en el molde. Es decir, cuál de las dos situaciones brindaba mejores posibilidades de salir airoso de la cuestión. La tensión era máxima, sentía los latidos del corazón a todo trapo. A partir de ahí la resignación, pensar: “Bueno, lo único que yo puedo hacer, es esto”. Y así me resigno a ser muerto en cualquier momento. Ese tiempo transcurre rápido. Después que me pegan el tiro, ya un poco la cosa estaba definida; pero también siguió la expectativa, porque seguía vivo y consciente de que no estaba grave, sobre todo después de pasados unos minutos. Mis esperanzas estaban cifradas en la posibilidad de pasar desapercibido, pero tenía una resignación, gran tensión.

M.A.B.: Yo me asombraba a mi misma de que estuviera tranquila. Con una bronca muy, muy grande, por la imposibilidad de poder tener aunque sea una mínima reacción. Veía que cualquier reacción no cabía, estaba totalmente en poder de ellos, que estaban matándonos. Eso era lo que más sentía. Pero miedo hacía... es decir, creo que uno siente que se va a morir, pero no es eso, ese temor que uno espera de que se terminó, no, estaba tranquila también por esa sensación... Yo pensaba una cosa que me preocupaba un poco, de que otros compañeros que habían muerto, que habían sido rematados, y que habían estado muy cerca de mi Yo siempre pensaba: “Qué es lo que habrán sentido”. Me acordé de ellos y dije: “Bueno, si han sentido lo mismo que yo, no es tan grave”. No era tan triste. Yo tenía una sospecha de que aunque muriera, todo seguiría. Tenía la certeza absoluta de que alguien iba a pagar por eso, una confianza total en que los compañeros..., de que algo iba a pasar después de eso. A mí por lo menos esto me ayudó mucho.

R.R.H.: Te acordás de lo que contabas el otro día. De que escribías...

M.A.B.: Ah, eso. Después, cuando lo vi al enfermero, me dí cuenta que por muerta ya no pasaba. No sabía qué hacer. Veía que tenía una herida en el estómago y me dije: “Bueno, acá si no me operan enseguida, con la cuestión de la peritonitis y todo eso de las perforaciones, tengo algunas horas”. Me daba cuenta de que el agujero que tenía en la mandíbula no era mortal y que con el que tenía en el estómago el peligro era ese de la perforación y las hemorragias internas; hay que operar enseguida. Creo que más bien no me dan el tiro, ya se ven las ganas de vivir y de hacer un esfuerzo para tratar de sobrevivir sea como sea. Siempre te queda una esperanza y luchás con ese margen. Me acuerdo que después yo decía: “Pero si me muero, quisiera escribir aunque sea en la pared los nombres que sean. Poner: Sosa, Bravo”. Pero entonces agarro, y con el dedo y con la sangre (me acuerdo que mojo el dedo) empiezo a escribir cosas en las paredes. En seguida se apiolan y viene uno con un tarrito y borra enseguida.

F.U.: ¿Qué habías escrito?

M.A.B.: L.O.M.J.E.

F.U.: ¿Lomje?

M.A.B.: L.OM.J.E., libres o muertos, jamás esclavos. Y había escrito: “Papá, mamá”, y no sé qué más. Lo borraron y después volví a escribir de nuevo. Pero mientras estaba escribiendo ya me vieron y lo volvieron a borrar.

F.U.: ¿Y qué escribiste esta vez?

M.A.B.: Escribí lo mismo. Cabeza dura..."


Fragmento de la entrevista realizada por Paco Urondo a Alberto Miguel Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar, los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew. La entrevista completa aquí

1 se arrimaron al fogón:

Fernando Bonatto 22 de agosto de 2009, 11:03  

En medio de la nada
un día
como tantos
alguien con vista seca
y miedo en las entrañas
alguien
como tantos
manda con voz común
una orden
como tantas
de esas que luego
se hicieron costumbre
casi cotidiana
fue un día más
un día
como tantos
en que el odio saltó
repitiendo la historia

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